San Valentín: La historia de amor detrás de “Alma, Corazón y Vida”
Este 14 de febrero, Día de San Valentín, recordamos la emotiva historia de Adrián Flores Albán y la inspiración detrás de uno de los valses más icónicos de la música criolla.
Corría 1948 en Piura cuando Adrián Flores Albán, autor del clásico criollo «Alma, corazón y vida», fue enviado a Zorritos, en Tumbes, para ocupar un puesto de comando en la frontera con Ecuador. Por entonces, era un joven soldado del Ejército peruano que cumplía su servicio militar obligatorio.
Llegó con entusiasmo, aunque también con cierta inquietud. Era su primera vez en esa zona —conocida como Mayor Novoa— donde aún se sentían las secuelas del conflicto con Ecuador, concluido apenas seis años antes. En su cuadra había 42 soldados y él, con solo 22 años, estaba a cargo como sargento.
Ya instalado, advirtió que varios de sus compañeros se habían congregado en una chinganita cercana. No era aficionado al trago —y menos aún a la mezcla de gaseosa roja con anisado—, pero el clima invitaba a relajarse y aceptó probar. Entre carcajadas, historias exageradas y bromas de cuartel, la noche se deslizó sin aviso. Todo parecía en orden hasta que intentó ponerse de pie: el piso se movía y el cuerpo no respondía. Había bebido más de la cuenta.
A poco más de un kilómetro quedaba Cruz Blanca, un poblado de unos cuatrocientos habitantes que esa noche celebraba su aniversario. Los fuegos artificiales iluminaron el cielo y alguien propuso acercarse a la fiesta. El lugar hervía de vida: guirnaldas, globos, gallos en disputa, música encendida, un salón de baile y jóvenes de ambos lados de la frontera. El ánimo se contagió de inmediato. Adrián tomó la guitarra, cantó y atrajo miradas curiosas. Luego apagó su consciencia y continuó con la noche.
Despertó tendido en su cama, con una resaca implacable. Seguía vestido con el pantalón de montar, la cabeza le martillaba y los ojos parecían a punto de estallar. Un subteniente le sugirió café o limonada para recomponerse. Al poco rato, le avisaron que alguien preguntaba por él.

Salió movido por la curiosidad. Le dijeron que una muchacha lo aguardaba en el camino. No se le ocurrió ningún nombre, ninguna cara. Aun así, caminó entre la vegetación espesa, hasta que vio a una chica, cabello castaño, piel clara y una mirada luminosa. Ella vestía una blusa verde agua salpicada de estrellas plateadas, y se le acercó mirándolo de frente, sin la menor timidez.
—¡Mira esa cara!… Anoche te llevaron cargado, tomaste demasiado—dijo sonriendo, mientras le tomaba la mano.
Se llamaba Eva. Adrián no conservaba ningún recuerdo de la noche anterior, apenas fragmentos borrosos, pero intuía que entre ambos había quedado algo pendiente, una cercanía difícil de explicar.
—Vamos a caminar —propuso ella.
Él la siguió sin preguntas, casi por instinto. Avanzaron hasta un paraje conocido como La poza del ahogado, una laguna rodeada de historias sombrías, marcada por la muerte de un soldado años atrás. Sin embargo, aquella tarde el lugar parecía otro: el agua quieta, el sol filtrándose entre los árboles, las risas desatadas. Conversaron, bromearon, se miraron más de lo necesario. El tiempo se volvió liviano y, poco a poco, el resto del mundo dejó de existir.
Un amor tejido entre canciones y versos
Desde aquel día, Adrián y Eva comenzaron a encontrarse con naturalidad, como si siempre hubieran estado destinados el uno para el otro. Las visitas se volvieron frecuentes. Ella aparecía con una pequeña radio bajo el brazo y caminaban entre los árboles mientras la música los acompañaba. Escuchaban emisoras como Radio Nacional y Radio El Sol del lado peruano, junto a señales ecuatorianas que cruzaban la frontera sin pedir permiso.
Eva también llevaba consigo un cuaderno, gastado, pero lleno de poemas suyos, escritos a mano. Se los leía en voz baja y luego le pedía a Adrián que intentara convertir sus palabras en melodías. Así, entre letras y acordes, el vínculo fue creciendo suavemente, con calma.
Pero el amor rara vez avanza sin obstáculos. Adrián pronto supo que Eva tenía otro pretendiente, un tal Jorge, hijo de un hacendado local. Ella no lo amaba, pero no podía apartarlo de su vida. Su madre llevaba ocho años sin poder caminar y él, con sus recursos, le había comprado una silla de ruedas y cubría su tratamiento médico. Más que una elección, Eva vivía atrapada en una deuda silenciosa.
Con el tiempo, la vida de Adrián tomó otro rumbo. Recibió la baja del Ejército y tuvo que volver a Sullana, a más de 200 km de distancia de Eva en carretera. Ya en la vida civil, intentó reinsertarse al mundo laboral sin éxito. Mientras tanto, las cartas entre los dos iban y venían gracias a Castillo, un amigo del cuartel que cada quince días llevaba víveres al campamento fronterizo. Las páginas estaban llenas de desahogos, miedos y anhelos, y ella respondía siempre con afecto.
Pero la distancia desgasta incluso el amor más intenso.
En marzo de 1949, Adrián percibió un quiebre en las palabras de Eva. Las cartas ya no sonaban igual. Algo se había desplazado entre líneas. Intuyó lo peor, y no se equivocó. Jorge, su rival, aprovechó la distancia y presionó a Eva para que aceptara casarse con él. Al final, ella cedió.
Poco después, llegó la última carta, la de despedida. Ella le contaba su decisión y le decía adiós. El golpe fue seco. ¿Cómo expresar una pena así? Adrián recurrió a su guitarra y dejó que la música hablara por él. De ese desgarro nació “Alma, corazón y vida”. Años más tarde, evocaría aquel instante en una entrevista:
—En la canción digo que no recuerdo cómo la vi —comentó, aludiendo a aquel olvidado primer encuentro en la fiesta de Cruz Blanca—… pero sí sé que me enamoré, ‘de esos sus lindos ojos y sus labios rojos que no olvidaré’.
En el espacio criollo, “Alma, corazón y vida” se volvió un himno al amor y siguió expandiéndose, llevando su mensaje de corazón herido fuera de nuestras fronteras, mucho más lejos de lo que su autor habría imaginado.
