¿Quién fue el Karamanduka y por qué es tan famoso en la escena criolla?
Donde había jarana, bronca y mujeres, allí estaba Karamanduka. Algunos lo conocen como Alejandro Ayarza Morales, otros prefieren llamarlo por su sobrenombre. Lo cierto es que este personaje destacado en la Lima bohemia de principios del siglo XX fue el principal promotor y difusor de la música criolla de su época.
Por: Fernando Olivera Ch.
Al hablar de Alejandro Ayarza, el Karamanduka, nos estamos remontando a los últimos años del siglo 19 y principios del 20. La ocupación de Lima por la soldadesca chilena había quedado atrás, pero aún resonaban por las calles los discursos de Gonzáles Prada mientras nuestro gran tradicionista Ricardo Palma todavía iba mendigando libros entre sus amigos para relanzar la Biblioteca Nacional.
Sin embargo, no todos andaban preocupados por las cosas serias de la vida. Algunos preferían reír, bromear y crear algo de caos. A eso se dedicaba el grupo de amigos del Karamanduka, los palomillas del barrio, la gentita, la palizada: llegaban a una reunión, armaban bochinche y bronca y luego se iban. Esta forma de actuar llevó al periodista Abelardo Gamarra, El Tunante, a compararlos con la mafia siciliana, según cuenta el libro «Celajes, florestas y secretos: Una historia del vals popular limeño», de los investigadores José Antonio Lloréns y Rodrigo Chocano.
También se menciona que Manuel Acosta Ojeda describió al Karamanduka como «un tremendo zamarro» que se escudaba en su apellido y en su círculo de amigos para involucrarse en peleas o consumir alimentos y bebidas en los barrios más pobres e irse sin pagar, sin temor a represalias por provenir de familias adineradas. Todo esto hacía mucho ruido en una Lima que, según el censo de 1895, tenía solo unos 100,000 habitantes.

Pero Alejandro Ayarza trascendería en la historia del criollismo porque, a pesar de su mal comportamiento, supo llevar por primera vez la música criolla desde los callejones hasta los conservadores oídos de las clases medias y altas de una muy prejuiciosa sociedad limeña.
Karamanduka y La Palizada
Alejandro Ayarza Morales vio la luz el 21 de julio de 1884 en Barrios Altos. Sus padres fueron el arequipeño José Ayarza Recabarren, destacado cantor y profesor de piano, y la cantante limeña Rosa Morales Galup. Esto explica la inclinación por la música tanto del Karamanduka como de su hermana, la gran Rosa Mercedes Ayarza, y el afán por aportar a su difusión.
Desde temprana edad, Alejandro se unió a “La palizada”, un grupo de amigos formado en 1890 por Augusto Paz y Nieto y José Ezeta Raygada, militares que se hicieron conocidos en la escena local por asistir a todas las fiestas que podían y terminar agarrándose a golpes con los enamorados de las chicas. Poco a poco, a estos palomillas se les fueron uniendo más muchachos, como Fernando Soria y el propio Alejandro.
Walter Huambachano recoge algunas de las ‘travesuras’ de este grupo. Así, en su artículo “Recordando a Alejandro Ayarza «Karamanduka»”, publicado por la Lista de Música Criolla, menciona que una vez quisieron entrar sin pagar a una función en el teatro Lima y como no los dejaron, se llevaron en silencio los coches de los asistentes para luego desenganchar y espantar a los caballos, dejando a sus dueños sin movilidad. En otra ocasión, para molestar a un boticario apodado “Don Hilarión”, reventaron cohetecillos fuera de su local a altas horas de la noche. Y qué decir de la vez que Karamanduka asistió a una fiesta de disfraces en el teatro Olimpo vestido de mujer, donde logró que un marinero inglés le pagara muchas bebidas, hasta que reveló su identidad.
¿De dónde nace el nombre de La palizada?
En su crónica «El faite», publicado en 1921 en el libro «Una Lima que se va», el poeta José Gálvez encuentra el comportamiento de la palizada como una degeneración del mozo malo, personaje anterior a la guerra con Chile, «pendenciero y jaranista, que perteneciendo a las altas clases sociales, se dejaba seducir por el bullicio, la alegría, y gustaba, como amante de lo criollo, de ir de parranda en parranda (…) que improvisaba una copla, bailaba una resbalosa y echaba a la calle con sus puños al primer atrevido que faltase el respeto a la comadre».
Muchos de estos personajes habrían muerto en la guerra, cumpliendo su deber, siendo reemplazados por otros mozos de «familias decentes» que durante la ocupación chilena «se ocuparon de fastidiar al vencedor, golpearlo y ridiculizarlo donde podían, organizando tretas y trampas para que cayera».

Finalmente, ya sin los chilenos en Lima, quedaría la palizada, «un grupo de mocetones bien plantados algunos de ellos pertenecientes a distinguidas familias, que hacían gala de su vigor y destreza para maltratar a cualquiera y que armaban en cafés, hoteles y teatros mayúsculos escándalos (…). Infinidad de anécdotas se cuenta de estas palizadas originales que circulaban por las calles centrales, rompían vidrios, golpeaban a la policía, se metían en los teatros (…) y eran el terror de empresarios, de padres de niñas pobres y de mujeres descarriadas».
Pero no sería una, sino varias las palizadas que existieron en Lima. «Hubo la palizada de Abajo el Puente, la de los Naranjos, la de la Chacarilla, la de las Nazarenas, y hasta los muchachos organizaron sus palizaditas», cuenta Gálvez.
Otra narración es la de Eudocio Carrera en su libro «La Lima criolla de 1900», quien cuenta que Karamanduka y sus amigos fueron bautizados como La Palizada en un burdel. Estos frecuentaban una casa de tolerancia (prostíbulo legal) ubicada Abajo del Puente, es decir, en el Rímac, “acreditadísima tanto por la calidad de sus pupilas como por la magia en el oficio de su gran maestra o comadrona llamada María Luisa”. Una noche, mientras estaban en este lugar, el río comenzó a desbordarse. Esto no era inusual, pero igual asustaba, porque la bravura del agua solía arrastrar palos, muebles, troncos y hasta animales, mientras producía fuertes ruidos. Se generó entonces un fuerte tumulto y las muchachas corrieron a protegerse de la palizada —que así se llamaba a este fenómeno natural—. Karamanduka y sus amigos trataron de tranquilizarlas diciéndoles que no era para asustarse tanto. Inmediatamente, la hija de María Luisa, una bella muchacha a quien llamaban “la libertad parada”, replicó:
“¡Qué va, señorcitos! ¡Qué quieren contarnos ahora! Si visto con detención, esas palizadas que he dicho son igualitas a ustedes, que se zampan en tropel a cualquier parte sin ser llamados, nada más que de puros machos, atropellándolo todo y hasta causando daños y perjuicios, como roturas de copas, platos y botellas cuando se trenzan a golpes con los que se les ponen por delante». «¿Cómo nosotros, dices, mamacita?», preguntó una voz. «Sí, papacitos, como ustedes, ni más ni menos, una verdadera palizada». Desde allí, el sobrenombre quedó escrito hasta la posteridad”, cuenta Carrera.
Bueno, esta joyita del Karamanduka se convirtió en militar como sus amigos. Ingresó a la Escuela Militar de Chorrillos, donde optó por el Arma de Caballería y en 1912, siendo alférez, ocupó el cargo de Ayudante en el Ministerio de Gobierno. Posteriormente, llegó al grado de Mayor de Caballería y lideró a los guardias que enfrentaron los levantamientos de los trabajadores azucareros en el norte del país; fue herido y el gobierno lo mandó a Europa para curarse.

Y el apodo de “Karamanduka”, ¿de dónde salió? Caramanduca (con «c») es un panecillo pequeño y dulcete, parecido a una galleta gruesa y gorda, conocido también como revolución caliente. Algunos creen que le pusieron este sobrenombre por su baja estatura y por ser sumamente pícaro; sin embargo, según el artículo “Alejandro Ayarza, Karamanduka y La Palizada”, de la web “Los Troveros Criollos”, la explicación es mucho más sencilla: “El gordito Karamanduka era llamado así por tener la cara redonda como el panecillo”.
Los méritos del Karamanduka
A pesar de ser todo un caso social, Karamanduka venía de una familia de músicos, y la inclinación hacia el arte ocupó pronto el espacio que le correspondía. Así, Ayarza escribió y presentó revistas musicales en los teatros de Lima entre 1910 y 1912. Es suyo «Pilsen Lima», un sainete lírico (una pequeña obra satírica que junta teatro con música) que retrata las costumbres limeñas. También son suyas una obra musical con el nombre de «Un paseo a burro»; la polca “La borrachera” y los valses “Los ojos del puente” y “La palizada”, su más emblemática canción, estrenada dentro de su más exitosa revista teatral: “Música peruana”.
Presentada el 28 de noviembre de 1912 en el Teatro Victoria, «Música peruana» fue un acierto total. La revista “Variedades” de diciembre de ese año la elogió por recordar los aires musicales nacionales tradicionales, según explica Luis Salazar en su artículo “El primer huayno cantado en quechua fue grabado por un criollo”, para el blog Folclore Musical Peruano. Dicho sea de paso, este artículo se refiere a un huaino interpretado en quechua por el Karamanduka y que fue grabado en un disco en septiembre de 1913 por la compañía Víctor Talking Machine. Así, Alejandro Ayarza se convirtió en la primera persona en grabar este género en un disco, y en quechua.
Es importante aclarar, sin embargo, que el huaino en mención forma parte de uno de los tres números de la revista musical de Alejandro Ayarza, que fueron grabados por la disquera: «El borracho y el inspector», «Los compadres» y «Los dos serranos».
La canción “La palizada”
El artículo “La Palizada: los primeros jóvenes rebeldes” publicado en El Peruano, menciona que la canción “La palizada” fue asumida por la generación del Karamanduka como un himno. ¿Qué dice? La letra original ha sufrido variaciones con el tiempo, por ello recurrimos a la grabación hecha por Montes y Manrique entre 1911 y 1912:
Somos los niños más engreídos / en esta noble y bella ciudad / toditos somos muy conocidos / por nuestra mucha vivacidad // En la jarana somos señores / hacemos flores con el cajón / y si se trata de dar trompadas / también tenemos disposición // En la jarana somos señores / hacemos flores con el cajón / y si se trata de dar trompadas / también tenemos disposición.
Pásame la agüilla, la agüilla, la agüilla, la agüilla, la agüilla / yo no te la paso cholito ni de raspadilla // Pásame la agüilla, la agüilla que así las educa / a sus muchachonas el Karamanduka.
Vengan copitas de licor sano / vengan copitas mi inspiración / venga ese rico licor peruano / que vulgarmente le llaman ron // vivan los hombres de gran valía / viva el dinero, viva el amor / vivan las hembras, viva la orgía / y el aguardiente que da valor.
Pásame la agüilla, la agüilla, la agüilla, la agüilla, la agüilla / yo no te la paso cholito ni de raspadilla // Pásame la agüilla, la agüilla que así las educa / a sus muchachonas el Karamanduka.
En Las Chacritas y en Puerto Arturo / todas las noches no hay que faltar / a deleitarse con el buen puro / que don Silverio nos suele dar // Ahí pasamos noches contentos / con la guitarra, con el cajón / y allí olvidamos los sufrimientos / con los vapores del rico ron.
Pásame la agüilla, la agüilla, la agüilla, la agüilla, la agüilla / yo no te la paso cholito ni de raspadilla // Pásame la agüilla, la agüilla, la agüilla que así las educa / a sus muchachonas el Karamanduka.
Es importante señalar que agüilla era un término peruano que se usaba para referirse al dinero: «páseme usted el agua” por «deme usted el dinero». Por otra parte, la palabra “muchachonas” estaba relacionada a las mujeres que de alguna manera se prestaban para el servicio sexual. Así, en su trabajo de grado, la historiadora Galaxia Acosta Santos recoge esta palabra en su uso para referirse a las mujeres que prestaban servicios en los cabarets acompañando a los hombres. Asimismo, en su tesis de maestría en Historia “Sobrevivir en un pueblo minero”, René Medina Esquivel descubre el término al citar la frase de un minero de los años 40: “Recurrir al sexo (de) servicio era muestra de virilidad: “Ahora que tengo a mi esposa embarazada, pues voy a ir a descansar con las muchachonas””.
Sea como fuere, el Karamanduka forma parte importante de la escena limeña y criolla, en la que dejó una indiscutible huella.
